La historia del pastel que revolucionó la psicología del consumidor y ahora transforma la IA.

Betty Crocker. Seguro que la conoces. En los años 60, tenían un gran problema.

Vendían mezclas para pasteles, un producto pensado para que cualquiera pudiera hacer un postre en minutos: solo añadir agua, batir, hornear y listo. Pero había un detalle: las ventas no despegaban. Algo no funcionaba.

¿Qué hicieron? Llamaron a Ernest Dichter, un psicólogo que les ayudó a entender la raíz del problema: era demasiado fácil.

Las amas de casa, que se enorgullecían de su habilidad en la cocina, sentían que no estaban haciendo nada. El resultado no se sentía como «suyo». Dichter propuso un pequeño cambio: agregar un huevo. Eso, aunque parece mínimo, fue suficiente para que el usuario sintiera que estaba aportando algo, y las ventas se dispararon.

Ahora, ¿qué tiene esto que ver con la inteligencia artificial? Pues, muchísimo.

El error de hacerlo todo por el usuario

Hoy en día, muchos productos de IA están cometiendo el mismo error que cometió Betty Crocker. Hacen las cosas tan fáciles que, al final, el usuario siente que no está haciendo nada. Si creas una herramienta de IA que lo haga todo por ti –escribes el texto, aprietas un botón y boom, ahí está el resultado–, el usuario no va a sentir ninguna conexión con el trabajo final. No va a sentir que es suyo.

El problema es que la gente no quiere simplemente obtener el resultado; quiere sentir que ha aportado algo. Quiere ser parte del proceso.

¿Cómo sería una IA «colaborativa»?

Imagina una IA que no haga el 100% del trabajo por ti. Una IA que te dé el control sobre ciertas decisiones, que te haga participar, aunque sea de manera pequeña. Como agregar el huevo al pastel de Betty Crocker. Eso es lo que llamo una «IA colaborativa». No es que no sepa hacerlo o no quiera hacerlo, sino que deja espacio para que el usuario haga algo, y sienta que está involucrado en el proceso.

El truco está en el equilibrio

La clave no está en hacer que todo sea complicado, sino en encontrar el punto justo entre lo que la IA hace por ti y lo que dejas que el usuario haga. Si les das todo hecho, no van a conectar con tu producto. Pero si les das la oportunidad de tomar decisiones, de aportar algo, la cosa cambia.

Es algo que enseño en las clases y másteres cuando hablamos de herramientas y nuevas ideas: cada vez que pienses en resolver un problema con IA, pregúntate qué parte debe hacer la máquina y qué parte debe hacer el usuario. Porque ahí está la diferencia entre un producto que usan una vez y uno al que vuelven una y otra vez. Nunca se debe de perder lo que se llama el «human loop».

Recupero un artículo de hace unas semanas donde os dejaba un testimonio muy revelador: mi amigo el fotógrafo que lleva desde hace varios años, antes de chatgpt, con herramientas de IA para optimizar procesos del procesamiento de sus fotografías de boda me dijo: «ya no me siento realizado, lo único que hago es esperar a qué termine, lo hace todo por mí».

No caigamos en esa mentalidad.

La magia está en dejar hacer

Al final del día, las personas no quieren que les hagan todo el trabajo. Quieren sentir que aportan algo, que el resultado final lleva un pedacito de su esfuerzo. La historia de Betty Crocker lo demuestra: a veces, lo que parece una mejora —hacer todo más fácil— puede ser un error.

Con la IA pasa lo mismo.

Si le das al usuario el control justo, si le permites ser parte del proceso, tu producto será mucho más valioso. No se trata de hacerlo complicado, sino de hacer que cada persona sienta que el resultado es suyo.

Así que, la próxima vez que pienses en una solución de IA, recuerda: no subestimes el poder de una «IA colaborativa». Esa pequeña fracción de esfuerzo del usuario puede ser la diferencia entre un producto que se olvida y uno que se queda.

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Jorge Guillén García

Me apasiona descubrir y presentar historias que convierten. ¿Qué necesitas contar? Casado, padre de Eloy y entusiasta de las Pizzas Napolitanas.

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